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La Santísima Virgen María lloró, y lloró mucho. Lloró en su vida terrena y lo que es más admirable todavía, que aunque está ya en el cielo gozando de la promesa de consolación, ella continúa llorando por nosotros y por las ofensas que los hombres cometemos en contra de su Hijo.
Un profesor contó a los alumnos el siguiente relato:
“Un hombre iba caminando muy ocupado en sus pensamientos, sus obligaciones, sus deudas, su trabajo etc., cuando de pronto se tropezó con una gran piedra. Entonces decidio guardarla en la mochila que llevaba en su espalda y la llevó consigo.